Antecedentes históricos

En Europa

El 21 de enero de 1793, la guillotina cae sobre la cabeza del rey francés Luis XVI. Las consecuencias del regicidio estremecen a Europa. En España, la impresión no es de asombro ni de tristeza, sino de cólera frenética. Gran Bretaña retira su embajador en París y declara la guerra a los revolucionarios.
La revolución francesa supone un desafío a toda Europa, y España, que hace todo lo humanamente posible por salvar la vida del rey francés, se ve inevitablemente obligada por razones morales y también por los Pactos de Familia, firmados por Carlos III con las dinastías borbónicas reinantes, a declarar la guerra a Francia el 23 de marzo, si bien hay que decir que previamente lo ha hecho la Convención el 7 del mismo mes. De esta forma, el 29 de marzo de 1793, españoles e ingleses firman un tratado por el que se comprometen a combatir al Gobierno revolucionario francés.
España forma tres Cuerpos de Ejército que operan a un tiempo desde Cataluña a las Vascongadas sobre el territorio francés. La campaña tiene dos fases bien definidas: la primera favorable a las armas españolas, especialmente por los triunfos del general Ricardos, un experimentado y magnífico estratega muerto prematuramente, y la segunda se inclina del lado de los franceses, que ocupan Bilbao y Vitoria y llegan con sus fuerzas hasta el Ebro. Finalmente se entablan negociaciones diplomáticas que culminan con la firma de la Paz de Basilea, en la que intervino el ilustre tinerfeño Domingo de Iriarte, y España tiene que hacer importantes concesiones a Francia, entre otras la cesión de una parte de la isla de Santo Domingo a cambio de la pretensión gala sobre la isla canaria de La Palma. Luego, el 18 de agosto de 1796, se firma el tratado de San Ildefonso y España se compromete a luchar junto con Francia. Un mes después, Gran Bretaña declara la guerra a España. Así, ingleses y españoles pasan de amigos a enemigos. ¡Qué ironía!: declaramos la guerra a la monarquía inglesa y tomamos como aliados a los que acaban de destronar violentamente al rey de Francia.
Carlos IV a caballo El Real Decreto de Carlos IV por el que declara la guerra a Inglaterra, contiene las razones que el monarca español aduce para tomar tan drástica decisión. Entre otras las siguientes:
La conducta observada por Inglaterra respecto a España durante el tiempo de la guerra que libran ambas naciones contra Francia. Especialmente, el trato que da el almirante Hood a la escuadra española en Tolón y en la posterior ocupación de Córcega, operación que oculta al almirante Lángara.
El tratado firmado, el 24 de noviembre de 1794, por Inglaterra con Estados Unidos a espaldas de España, sin tener en cuenta los derechos españoles, y el injusto apresamiento de algunos barcos por parte de los británicos, así como las incursiones de buques británicos por las costas de Perú y Chile para hacer contrabando y reconocer aquellos territorios.
Los múltiples agravios que sufre la Corona española después de firmar la paz con la República de Francia, son motivos suficientes para pensar en las pretensiones británicas de atacar las posesiones de América.
Las violencias que cometen las fragatas inglesas en el Mediterráneo contra varios buques españoles, extrayendo la recluta de los ejércitos que vienen de Génova a Barcelona.
Violaciones del territorio español por bergantines ingleses, especialmente en las costas de Alicante y Galicia.
Finalmente, Carlos IV deplora las agresiones inglesas sobre la isla de Trinidad de Barlovento, que el monarca interpreta como ejemplo de la ambición de Inglaterra, que no reconoce más ley que la del engrandecimiento de su comercio por medio de un despotismo universal en la mar, lo que le obliga , para sostener el decoro de la Corona, a declarar la guerra al Rey de Inglaterra, a sus reinos y súbditos.
En definitiva, España e Inglaterra comienzan unas hostilidades que traen graves consecuencias a la maltrecha economía hispana.


En Santa Cruz de Tenerife

La primavera de 1706 trae la destrucción del más importante puerto canario. Tres ríos de lava caen sobre Garachico, cubren su viejo casco urbano y destruyen su secular riqueza arquitectónica.
No escapa el puerto a la furia de los elementos y todo el pueblo y su litoral se convierten en un desierto. A partir de entonces, a pesar de los esfuerzos realizados por sus habitantes para devolver el esplendor a la vieja y señorial villa norteña, el comercio marítimo se realiza principalmente desde el puerto de Santa Cruz, cuyo lugar aparece como su heredero.
A lo largo del siglo XVIII, el comercio del archipiélago comienza a monopolizarlo Santa Cruz. Sólo el puerto de Santa Cruz de La Palma mantiene una actividad comparable.
Santa Cruz, que no tiene municipio, sólo es un pago de La Laguna, ha adquirido tal importancia que cuenta con dos diputados en el cabildo lagunero, aunque según el escritor Poggi y Borsoto, le corresponden cuatro, lo que no se hace efectivo por las intrigas de las autoridades de La Laguna.
En los años finales del siglo XVIII, el pequeño desembarcadero y la rada son lugares de una bulliciosa vida marinera. Santa Cruz recibe con frecuencia la visita de buques que realizan la ruta con las provincias de América, lo que le proporciona un aire cosmopolita.
Su bahía constituye un refugio aparentemente seguro para los galeones que, cargados de tesoros, hacen un alto en su ruta a Cádiz o Sevilla. El fondeadero de Santa Cruz está protegido por las montañas de Anaga, aunque no se puede hablar ni de bahía ni de ensenada. Las profundidades del mar a menos de un kilómetro del litoral se aproximan a cien metros. Así que los barcos que no fondean se mantienen a merced del viento, a no ser que lo hagan cerca de la costa.
La Laguna ha iniciado su inevitable decadencia política y de población. Viera y Clavijo lo expresa con claridad al tratar la figura del general Lorenzo Fernández de Villavicencio, marqués de Vallehermoso, "el general que más mandó y que mandó más tiempo (1723-1735)".
El insigne historiador realejero afirma: "Trasladó al lugar de Santa Cruz la silla de la Comandancia, que había estado ordinariamente en La Laguna. Atrajo a aquel puerto todo el comercio de la provincia así como él mismo era atraído por él, dando a su vecindario el lustre, aumento y extensión que desde entonces ha adquirido, con sensible menoscabo de la ciudad capital. Vallehermoso, por decirlo así, hizo una pequeña Cádiz a costa de la Sevilla de Tenerife". A este general debe Santa Cruz el comienzo de su desarrollo. En 1797, tiene una población cercana a los ocho mil habitantes.
Aunque la mayoría de sus casas son terreras, carece de alcantarillado y en vez de cristales hay papeles en sus ventanas, Santa Cruz resulta altamente atractiva y acogedora. Todos vaticinan para la nueva sede del Capitán General un porvenir venturoso.
En Santa Cruz se establecen la Comandancia General, las Comandancias de Artillería e Ingenieros, la Auditoría de Guerra, la Administración de Rentas Reales, de Tabacos y de Correos, la Intendencia, el Juzgado de Indias, Contaduría principal y la Veeduría o inspección de la gente de la guerra, la Aduana, etc., lo que significa un aumento cuantitativo y cualitativo de la población ya que todos los funcionarios fijan allí su residencia.
Santa Cruz es una plaza fuerte, un puerto importante, cuya historia corre pareja a la de sus soldados. Desde entonces debe mucho a los distintos Capitanes Generales que se han sucedido en el mando del archipiélago.


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